Sobre Ashtanga

El Ashtanga y Yo
Descubrí el yoga directamente a través de este estilo de práctica, a los 28 años y mientras vivía en Lanzarote; fue amor a primera vista.
Siempre me ha atraído esa sensación de conexión con el cuerpo, despacio y consciente, que de pequeña me daba la danza y que, imagino, me faltó encontrar durante los años posteriores en el gimnasio. Así que me enganché a la cadencia, a la profundidad, al sonido de la respiración Ujjayi, a esa atmósfera casi ritualista de mantras y penumbra (la shala era una pirámide construida en madera, con pequeñas entradas de luz a nivel de suelo) y, por encima de todo, a esa consciencia brutal de presencia en el cuerpo.
Conecté con Ashtanga porque me identificaba: una práctica en la que no debía llevar un ritmo impostado, altamente demandante a nivel físico, unipersonal (estilo Mysore), en la que progresabas según tu determinación y compromiso, y que conectaba profundamente con esa parte espiritual que habita en mí. Pero también, y a través de mi propia sombra, se volvía rígida, egocéntrica, desafiante, dogmática, excluyente, implacable.
Mi relación con Ashtanga se fue transformando, como cualquier otra relación.
Los primeros años fueron de inconstancia y falta de compromiso —viajaba mucho, me mudaba constantemente —; en cuanto me estabilicé y mi práctica se volvió regular se desveló también una búsqueda interna, una gran sed espiritual, una apertura que me transformó drásticamente. A partir de ahí también la sombra ocupó su espacio: prácticas de dos horas diarias, 5-6 días a la semana, retiros en India, autoexigencia, dolor físico, frustración, desconexión, ese “querer más, llegar más lejos”. Y finalmente, en el último periodo, la consciencia de que yo había cambiado y de que esa relación —ya vivida con entendimiento y amor— podía ser soltada sin miedo.
Lo potente de la práctica —siempre hay un estilo que te conecta más que otro— es la escucha. ¿Qué te dices? ¿Qué viene a la mente? ¿Cuál es el discurso, la creencia? ¿Cómo y desde dónde te hablas? Y la más importante: ¿puedes transformarlo? ¿Eres capaz de mirar esas partes y aceptarlas? Porque al final eso lo es todo. Pisar la esterilla, respirar, conectar y no esperar nada. Practicar desde el desapego: a la postura, a la idea que tienes de ti, al otro.
A nivel físico, mis largos años atascada en primera serie, junto con mi profesión de masajista, sobrecargaron muñecas y psoas, y a día de hoy no todavía no he podido recuperar la fuerza necesaria para hacer vinyasas sin dolor, por lo que elijo no hacerlos.
Seguramente aprendí demasiado tarde a practicar de forma segura y respetuosa con mi cuerpo, porque las señales fueron muchas a lo largo de los años y yo no las quise escuchar.
Actualmente practico algunas veces con alguna de mis alumnas más antiguas; a veces guío media clase (tengo grabada a fuego la secuencia), pero siempre desde mi enfoque actual: sin forzar, sin ajustar, observando cómo responde el cuerpo.
Ashtanga me dio estructura, disciplina y profundidad. Fue el marco desde el que crecí, y también el que necesité romper para seguir avanzando. Al abrirme a otras formas, la práctica se expandió y dejó de ser límite.
Hoy forma parte de mi camino, no como una estructura a la que responder, sino como una base desde la que aprendí a escuchar.











