El desierto adentro: Australia

Nov ’05 – Feb ’06
He modificado varias veces este texto mientras definía la intención con la que lo estaba escribiendo.
En un primer borrador me di cuenta de que, además de la longitud, se me estaba yendo hacia un lugar donde no estaba segura de querer adentrarme, que tiene que ver con contar partes privadas de un viaje a dos.
Después he caído en que nada de lo que cuelgo en este apartado tiene la finalidad de inspirar para hacer alguna ruta o llenar de magia un lugar concreto. La finalidad, si es que tiene alguna, es sacar afuera esos aprendizajes que me llegaron mientras viajaba, de los que fui consciente después de un tiempo y que ahora, dentro de La Naturaleza de Alün, toman forma y sentido.
Así que aquí está ese viaje, tal como lo recuerdo mientras escribo.
La idea de ir a Australia surgió por practicidad. Después de trabajar de temporada como camarera en el puerto de Ibiza sabía que mi inglés era bastante primario. Tenía la base que me habían dado mis estudios, pero me había dado cuenta que como mejor aprendía un idioma era haciendo inmersión total. Por lo que me propuse pasar una temporada en un país angloparlante.
Así que, mientras disfrutaba de mi tiempo en Lanzarote, empecé a trazar el plan. Llegar a Sydney, mudarme a un pueblo tranquilo, trabajar 6 meses, ahorrar algo y, antes de volver de nuevo a España, recorrer todo lo que pudiese.
Nada que ver con lo que pasó.
Unos meses antes del viaje conocí a alguien a quien le pareció emocionante mi decisión y pensó que podría ser divertido dejar un espacio conocido y aventurarse en otro país. Y aunque la idea no me cerraba del todo, no tuve la voluntad de decirle que no.
Los aprendizajes fueron potentes en este viaje, ya desde la salida del avión.
Nos instalamos en un hostel a las afueras de Sydney y los días se alargaron más de la cuenta. No acabábamos de encontrar un término medio entre lo que yo había pensado y el rechazo de mi acompañante a toda la situación que estaba viviendo.
De la mañana a la noche, si no era el desayuno era la gente, si no el metro, las distancias, la comida, cualquier cosa. Finalmente, después de un par de semanas de mucha incomodidad, tuve que cambiar el plan, comprar un coche y organizar una ruta que nos emocionase, pensando que después encontraríamos un lugar para establecernos y trabajar.
Viajar tiene sus luces y sombras. Paisajes nuevos, aventuras, descubrimientos, sorpresas. Pero también movimiento constante, frustración, reveses y muchas, demasiadas horas muertas.
La intención que llevas para el viaje también afecta a la forma de vivirlo. No es lo mismo viajar en modo vacaciones que trasladarte a otro país pensando en buscarte la vida. Yo había pasado por ambas.
Si bien la aventura por Perú y Bolivia me había abierto una nueva forma de ver el mundo, mi tiempo en Italia (buscando casa y trabajo) hizo que empezase a conocerme en situaciones difíciles, fuera de mi zona de confort, de mi idioma y de mi círculo.
Allí descubrí que esos acontecimientos, con toda su complejidad y dureza, me enriquecían profundamente. Por lo que decidí, a partir de entonces, exponerme a situaciones que me confrontaban con lo que me formaba: creencias, hábitos, maneras de entender la vida.
Comprar el coche, inscribirlo en un domicilio y prepararnos para la salida tuvo sus complicaciones, pero pude hacerlo gracias a la ayuda de un amigo de familia que vivía en Bondi Beach con su mujer.
Así pues, coche preparado, empezamos a viajar hacia el sur, parando en pueblos de costa de los que ya ni recuerdo el nombre hasta llegar a Melbourne, donde pasamos varios días.



Una vez allí, nos atrajo la idea de visitar el interior de Australia, pero esa extensión árida y solitaria te obliga a ir muy bien equipado con tu vehículo. Hay poquísimas gasolineras y la posibilidad de cruzarte con animales de grandes dimensiones, especialmente por la noche, es alta.
Así que nos movimos hasta Adelaide, y desde allí contratamos un tour de unos diez días para adentrarnos en el Outback y conocer la parte más aborigen de Australia, visitando Uluru (Ayers Rock).
Recuerdo aquel recorrido en un bus modesto aunque equipado, parachoques incluido, pero con aire acondicionado, ya que afuera la temperatura era de más de 40º.
Visité Coober Pedy, donde las casas están construidas bajo tierra, tipo cuevas, para poder mantener una temperatura más fresca. Y finalmente Alice Springs.
Aquella pequeña ciudad perdida albergaba todavía gran cantidad de población aborigen que, lejos de la imagen idealizada de hombres conectados con la tierra, se buscaba la vida en las calles, mendigando o acompañados de alcohol.





Tiendas con arte indígena, cuadros, didyeridús, bumeranes y una amplia variedad de souvenirs, y hostales con piscina, formaban la estructura de aquel lugar. Allí, el único que llegaba lo hacía con la intención de visitar esa “tierra sagrada” y conocer más sobre el rito del Walkabout. Descrito en el libro Las voces del desierto.
Como en casi todos los países, existen lugares que te recuerdan y te conectan con quienes fuimos una vez. El Parque Nacional de Uluru me trajo parte de eso, aunque admito que no me impresionó demasiado.
De vuelta en Adelaide, y subidos a nuestro coche, la ruta desembocó en el norte de Sydney, atravesando por carreteras vacías pueblos desérticos sin nada en especial, pero que servían de parada para repostaje y lavandería.
En la carretera que sube por la costa este, pasando por Byron Bay y Gold Coast, viví esa descripción típica de Australia de pueblos surferos y playas largas. Que dio paso a Brisbane, que se presentó como cualquier ciudad enorme y ajena, con carreteras que se cruzaban a distintas alturas y barrios sin fin.




Continuamos conduciendo hasta Cairns, parándonos a hacer noche en alguno de los pueblos intermedios, sumando kilómetros a una ruta que, a día de hoy, me parece una auténtica locura.
Allí coincidió la Nochebuena, con la atención puesta en reconciliar las partes de lo que me unía a mi acompañante, con quien intentábamos desesperadamente encontrar un equilibrio que nos diese algo de aire.
Al día siguiente fuimos en barco para visitar la Gran Barrera de Coral y nadar entre peces y anémonas. Después de tantos kilómetros y de saber que nunca más iba a volver, esa parada era obligada.
Geográficamente, el Parque Nacional de Kuranda fue el punto final de nuestra ruta por Australia. Un lugar salvaje donde dormimos en bungalows en los que, en tu camino a la ducha, podías cruzarte con una serpiente colgada de un árbol o una araña gigante en cualquier rincón.
El último tramo fue el descenso hasta Sydney, que hicimos lo más rápido posible, con horas interminables de coche y un pesado silencio.
Quería, necesitaba estar sola. Hasta ahí me había sometido a una situación que me hacía daño, anteponiendo un “deber” que yo misma había asumido hacia otra persona.
El hecho de que mi acompañante hubiese dejado su vida, cerrado su negocio, vendido el coche, dejado su casa de alquiler, creó en mí una responsabilidad que ni los desentendidos, las broncas o la queja constante conseguían suavizar.
Asumir que no podía “abandonar” a alguien que no se sostenía en un territorio distinto, me obligó a posicionarme en un lugar que acabó drenándome totalmente.
La llegada a Bondi Beach fue como esa apertura de una presa a punto de desbordarse. Apenas aparqué el coche, cogí mi mochila del maletero, las llaves del coche, que además, estaba a mi nombre, y me fui.
Tardamos una semana en volver a vernos, y fue solo para despedirnos. Él había comprado un billete de vuelta a España y yo le conté que estaba buscando trabajo.
Liberada ya de la tensión que generaba la falta de libertad, tomamos una copa, brindamos por nuestros respectivos caminos y nos despedimos como dos personas que, por encima de las desavenencias, no guardaban rencor.
Me instalé en un apartamento en Bondi Beach lleno de pulgas, y a los pocos días empecé a trabajar en un restaurante español cerca de la ciudad, donde llegaba a pie en algo más de una hora.

Conseguí también vender el coche, prácticamente por el mismo precio y después de hacerle cientos de kilómetros, y así empezó mi vida allí: con muy poco dinero en la cuenta, en una casa incómoda y trabajando ilegalmente.
Lo curioso es que, al poco de haberme establecido, empecé a sentir que, en realidad, no disfrutaba el estar ahí.
No me convencía el país, no me gustaba la forma tan ordenada y a la vez restrictiva que tienen de vivir, no acababa de integrarme con la gente y, además, trabajaba en un sector al que no pensaba volver.
En Lanzarote había empezado a formarme en terapias, a practicar yoga, y no me apetecía renunciar a eso por forzarme a quedarme en un lugar que ni siquiera terminaba de encajarme. Así que, una vez que esa verdad me llegó, no tardé nada en organizar la vuelta a España.

Hoy, escribiendo este texto hay partes de mi que se incomodan. Quizás porque la memoria recorta lo que quiere y se queda con lo que le sirve. No lo sé. El hecho es que no puedo contar este viaje de una manera diferente, y acepto que sea así.
Aquel viaje me enseñó que las cosas a veces no salen como las planeamos, y que nuestra capacidad para adaptarnos es una de las herramientas más poderosas que tenemos. Y que de ella, en gran parte, depende nuestra felicidad.
Aprendí sobre la importancia de elegir más conscientemente a las personas, y que el tiempo que se comparte con otro tiene que hacerse desde el amor, o no hacerse.
Y quizás, por encima de todo, entendí que las lecciones espirituales no se enseñan: a cada uno le llegan cuando está preparado para recibirlas.

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