Bolivia: El espejo de lo invisible

BOLIVIA (oct-nov-dic’ 2003)
La Paz
Apenas cruzamos la frontera llegamos a Copacabana, un pueblo fronterizo que por aquel entonces todavía mantenía ese equilibrio entre lo cuidado y lo auténtico. De ahí saltamos a La Paz, la capital. La sensación de caos e intensidad aquí fue, en comparación con Lima, mucho más fuerte.
Las calles eran una maraña de tráfico, vendedores ambulantes, peatones y animales.Lo que más me impresionó fue la capacidad de los conductores para moverse sin seguir señales de tráfico —y lo digo literalmente—: sin líneas en la calzada, semáforos ni señales verticales. Se organizan entre ellos mediante pitidos incesantes de claxon, gestos y leyes invisibles que yo desconocía.

Los vendedores ambulantes tanto en Perú como en Bolivia se pueden dividir —bajo mi criterio— en tres grandes grupos: los que tienen una parada con estructura (plásticos, maderas, etc.) ; los que se mueven en bicicletas o ciclomotores «tuneados» donde albergar vitrinas, cocina a gas o neveras (dependiendo del producto) – arquitectura inconcebible para cerebros europeos- ; y un tercer grupo que coloca el producto —sea carne, pescado, cabezas de cerdo o pócimas crecepelo— directamente en el suelo.
Así que, junto a los coches, peatones y vendedores ambulantes, se suman los micros y grandes autobuses que parecen no haber pasado una ITV en su vida, y que, sin paradas señaladas, van pitando constantemente para atraer pasajeros (desde dentro, solo tienes que gritar al conductor para que pare donde quieras). Bastante estresante, la verdad.

Así que tras parar en Oruro una o dos noches, nos escapamos del caos de la ciudad hacia el sur. Uyuni fue una experiencia única.
Salar de Uyuni
El pueblo en sí no tiene nada, pero es la puerta al salar más grande del mundo, un desierto de más de 10.000 km² que alberga la Laguna Verde, la Colorada y la isla Incahuasi. Reservamos un tour de cinco días para recorrer el interior, ya que es imposible hacerlo por libre. Dentro del salar era fácil perderse; en 2003, sin la tecnología actual, los conductores se orientaban con brújulas y costumbre. Las noches eran muy frías y los paisajes imborrables. Hubo una mezcla de todo.



Durante el día íbamos en jeep hasta que teníamos que comer, bajaban los bártulos del portaequipajes y montaban una cocina improvisada que nos proveía de comida caliente. Paseo, descanso y vuelta al jeep, a recorrer kilómetros.
En una de esas rutas se rompió algo del coche y estuvimos parados bastantes horas hasta que el conductor pudo repararlo – obviamente también lleva un mini taller portátil escondido – .
Tras pasar por Sucre, Potosí y Cochabamba, la comida en los mercados y en los puestos callejeros, el viaje se convirtió en SELVA: humedad brutal, mosquitos y bichos raros.




Dormir en la selva
Desde Villa Tunari hicimos autoestop hasta Puerto Villarroel, un pequeño y modesto pueblo pesquero donde contratamos a un señor y a su hijo para que nos llevasen en barca hasta Trinidad.
Pasamos tres días sin bajar de la barca (por ponerle un nombre). Una barca con agujeros en la que entraba agua durante el día, que íbamos achicando, y que por la noche el hijo del conductor iba sacando como podía. Hacíamos nuestras necesidades por la borda, se nos estropeó el gas y, al segundo día, descubrimos que el conductor era ciego —aunque llevaba toda la vida haciendo esa ruta—. A pesar de los conflictos de convivencia (viajábamos con otros chicos que conocimos en Uyuni), y la estrechez del espacio, los atardeceres desde el río Mamoré son de los más bonitos que recuerdo.



La belleza de Rurrenabaque
Vuelta en tierra continuamos solos nuestra ruta hasta hacia Rurrenabaque, más selva todavía. El bus se rompió durante la noche – cosa que en este punto del viaje asumía como algo normal – y llegamos haciendo autoestop de nuevo con una familia de vendedores ambulantes de vasijas de barro.
Rurrenabaque es una pequeña población escondida, desde donde se organizan tours para adentrarse en la selva auténtica, dormir en tiendas donde escuchar el ruido ensordecedor de los animales nocturnos, viajar en canoa en riachuelos llenos de pirañas, moverte en caballo y volver 5 días después al punto donde el jeep te dejó.
Cada día ibas haciendo etapas hasta llegar al destino que estaba a varios kilómetros del origen. Durante el primer día dentro de la comunidad indígena y en el primer tramo que debíamos hacer tuve un accidente a caballo.
Tardé 5 horas en llegar a una choza, en moto, para que alguien me colocase el pie, que se me había quedado mirando hacia un lado después de saltar. A partir de ahí, vendada, a pata coja – obviamente no había muletas – y a seguir el tour, otra vez a caballo, canoa, tienda de campaña y todo lo demás.




Al cabo de los 6 días, de vuelta al pueblo y con dolores importantes, decidimos movernos hacia La Paz, desde donde necesitábamos conectar para tomar un bus de vuelta a Perú – todavía nos quedaban unos 20 días de viaje -.
Cargando con unas muletas de los años 50 (pesaban una tonelada cada una) y en la ciudad, fui al hospital, donde tras visitarme me dijeron que tenía que quedarme ingresada y operarme de urgencias a la mañana siguiente. Y es que ahí fue cuando supe que me había roto el tobillo.
Todo fue perfecto, una placa y varios tornillos extra, 500 euros menos, y a los pocos días, pierna enyesada y muletas, nos fuimos en bus hacia Cusco.
A partir de ahí poco más pude hacer además de salir cada día un rato y descansar en el hostal. Dejé pendiente Machu Pichu, el camino del Inca, la ceremonia de ayahuasca y todas las aventuras que no pudieron ser. Pero me llevé conmigo el reconocimiento de mi propia fortaleza y de la solidez con la que afronté todo lo que trajo este viaje, y de lo que vino después.
Ese cambio de dirección de vida, que tuvo como partida una rotura, un quiebre físico y vital.
«Esta fue mi primera experiencia en otro país, en otra cultura, en otra forma desconocida de vivir. Todo era nuevo y diferente: la comida, la música, lo desestructurado de los horarios y esas normas que parecían no existir; la falta de regulación o ‘legislación’ para las cosas, para la vida misma.
He dejado muchas historias por contar de este viaje (Perú y Bolivia) que no pensé que recordaría tan bien, y muchas de ellas tienen que ver con lo emocional, con lo que sentí mientras lo vivía.
Más allá de las etapas y las aventuras, lo que descubrí fue una parte importante de mí, de lo que me movía y me alimentaba. Aprendí que los ojos con los que miramos están empequeñecidos por lo que nos viene dado, pero la realidad es tan ilimitada como culturas y formas de vivir existen. La vuelta de este viaje supuso para mí un cambio radical en mi forma de ver el mundo y, al mismo tiempo, creó un deseo voraz de conocimiento y experiencias que, todavía hoy, sigue sin saciarse.
Este fue el primero de muchos viajes que vinieron después, y que seguiré contando como un ejercicio de gratitud a la vida.



Que interesante, que bonito, y como resuena en mi alma.
Yo viaje a Bolivia en 2010 y sentí lo que describes. Vi con mi ojos un mundo sin reglas, y me di cuenta de cómo bien dices, vemos lo que nos viene dado.
Qué bonito poder leerte y compartirte.
Yo también volví de allí, de mi largo viaje, viendo desde un punto mucho más prismático.