Fuego interno y conciencia a 40 grados.

El Descubrimiento: Un flechazo en Ibiza
Mi historia con el Bikram Yoga comenzó a mediados de los 2000, a través de una entrevista a Lucia Kelley, pionera de este estilo en España. Me cautivó de inmediato la idea de practicar en una sala con calor, repitiendo las mismas posturas para fijar la atención y profundizar en el cuerpo. Y ¿coincidencia? una de las dos salas que existían entonces estaba en Ibiza, justo donde yo vivía.
Recuerdo perfectamente aquel estudio sobre una cristalería cerca del puerto, con su muro de color y las letras grandes anunciando «Bikram Yoga». En mi primer día, la encargada me preguntó sobre mi estado físico, también si conocía la serie o la práctica con calor. Yo no sabía nada, pero mi base en danza y la curiosidad me daban el empuje necesario para probarlo.
Éramos apenas tres o cuatro alumnos en una sala enmoquetada y totalmente cerrada, con un frontal inmenso de espejo y bajo el zumbido de las rejillas de calor. Aquella clase fue todo un reto, no pude hacer apenas nada, estaba rígida, sin equilibrio y el calor me resultaba insoportable. Sin embargo, ver a los demás lograr posturas «imposibles» despertó en mí un deseo inmediato de exploración.
Tras aquel primer verano, la práctica quedó relegada a algo puntual debido a viajes y mudanzas. Durante años, practicaba allá donde me encontraba: Bolonia, Londres, Madrid o Barcelona; la cuestión era mantener el contacto con el calor de vez en cuando.
Fue más tarde, cuando mi cuerpo empezó a «quejarse» por la exigencia del Ashtanga, cuando volví la mirada seriamente hacia el Hot Yoga. Durante ese periodo, mi práctica se volvió mucho más constante y disciplinada, lo que me permitió asentar el cuerpo y la mente para dar el siguiente paso.
Formación y Filosofía: El yoga como terapia
Entendí que el movimiento corporal y las terapias manuales eran inseparables. En mi trabajo me frustraba tratar a alguien con las manos y saber que, sin conciencia corporal y estiramientos, el malestar volvería pronto. Así, decidí unir mis dos pasiones: terapia y yoga. En 2015, realicé mi formación de Hot Yoga en Tulum con Evolation Yoga y ese mismo invierno me mudé a Santa Bárbara (EE. UU.) unos meses para dar mis primeras clases en un estudio.

Arquitectura del cuerpo
Personalmente encuentro la serie 26+2 como una de las más compensadas que existen. Trabajas todo: tren superior e inferior, flexión y extensión, equilibrio y fuerza, resistencia y flexibilidad. Aunque el calor a 40 grados es un reto que no siempre se lleva bien, y el trabajo cardiovascular es intenso, el beneficio es increíble. Incluso el uso del espejo, tan criticado por algunos, me parece altamente desafiante, una herramienta de autoconocimiento brutal: estar 90 minutos frente a tu propia mirada te obliga a deshacerte de juicios y armonizar la relación contigo misma.

El Hot Yoga no solo fue un nuevo camino, sino la llave que me permitió dar continuidad a mi práctica cuando pensé que debía abandonarla por agotamiento físico. Me liberó de la rigidez de creer que solo existía una forma de estar en la esterilla y me abrió a la riqueza de otros muchos estilos.
Hoy entiendo que el estilo es solo un canal, un recurso que debe adaptarse a cada momento de nuestra vida. Al final, más allá de la técnica o la serie, lo que importa es ese espacio de conexión profunda donde puedes perderte y encontrarte cien veces, permitiéndote sentirte diferente, habitando el mismo Ser.

