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Perú, el primer viaje

Perú (Oct – Nov – Dic’ 2003)

Dicen que la emoción que acompaña al primer viaje a otro continente nunca vuelve a repetirse, y puedo confirmarlo. Mi viaje por Perú y Bolivia fue una sacudida profunda a mis estructuras, a mi forma de entender la vida y a mis valores. Fueron tres meses de mochila en una época en la que todavía se viajaba sin móviles, buscando rutas en mapas de papel y decidiendo el siguiente destino sobre la marcha, sin itinerarios cerrados ni reservas de alojamiento.

He intentado reconstruir la ruta que hicimos mi amigo y yo, siempre en buses de línea regular (más bien irregular), escogiendo las paradas cuando el cansancio lo pedía, o cuando el medio de transporte no existía. Fue un viaje auténtico y espontáneo, no exento de momentos complicados y algún que otro drama, que dejó una huella imborrable en mí.

Pero empecemos por el principio.

Lima —como me ocurre con casi cualquier gran ciudad— reúne la fealdad del cemento, la prisa, la contaminación, el ruido y la suciedad, y al mismo tiempo la belleza de los carritos de comida ambulante, la música constante, la rareza de sus habitantes, las tiendas esotéricas y los mercados callejeros. Tras descubrir las papas a la huancaína y conocer Barranco, el barrio bohemio, decidimos bajar por la costa del Pacífico hasta la primera parada que recuerdo con especial nitidez: Lunahuaná. Las mañanas junto al río y la chupe de camarones de una vecina fueron el primer contacto real con el pueblo peruano.

En el camino de descenso hicimos parada en el desierto de Huacachina. En este pueblo diminuto se encuentra un oasis rodeado de altas dunas donde, por aquel entonces, no había más que arena… y más arena. Era mi primer desierto, y ver el atardecer sentada en lo alto de una duna quedó grabado como una imagen definitiva en la memoria.

Nazca fue una locura. Decidimos alquilar una avioneta —algo que entonces costaba poco más que un trayecto largo en taxi— y pudimos ver las líneas desde el aire. La parte menos divertida fue que me puse malísima en aquella biplaza que no paraba de girar sobre el mismo punto, y estuve deseando que el vuelo terminara justo después de sobrevolar la segunda. 😊

Algo parecido nos pasó en el impresionante Cañón del Colca. No sé en qué momento pensamos que sería “buena idea” descender sin tener ningún tipo de información previa y con mochila. Cuatro horas más tarde me encontré en el fondo del cañón, con las piernas temblando, prácticamente deshidratada y sin posibilidad real de subir de nuevo. Por suerte, había unas chozas donde alojarse —no éramos los primeros inconscientes— y nos quedamos un par de noches, hasta que el cuerpo pudo recuperarse. Salimos una madrugada a las cuatro, linterna en mano, para iniciar la subida y llegar arriba antes de que el sol empezara a quemar.

Al Lago Titicaca – 3.812 m de altitud – llegamos en una pequeña barca, una balsa de totora hecha íntegramente con plantas acuáticas, hasta la isla de Amantaní. Sin electricidad ni agua corriente, cocinando con leña sobre varias piedras, el alojamiento – una cama, una manta y mucho amor – de la señora aymara que nos acogió nos regaló la noche estrellada más bonita que he visto en mi vida.

Desde el Lago Titicaca cruzamos a Bolivia y, al regresar a Perú —yo ya operada de un tobillo, enyesada y con muletas— hicimos la parada obligatoria en Cuzco, donde pasamos varios días antes de volver a Lima.

Quedan mil historias por contar de este viaje,- horas interminables en combi (furgoneta mini pero con capacidad para todos los que entren), comida deliciosa, música hasta hartar, – y escribir me está ayudando a recuperar recuerdos que habían quedado escondidos, pero no voy a extenderme más. Solo añadir que, aunque el propósito inicial —visitar Machu Picchu y hacer el Camino del Inca— fue algo que no pude realizar, este viaje marcó el inicio de un proceso de evolución interior que sigo cultivando a día de hoy.

Machu Picchu quedó como ese lugar pendiente, al que no me planteo regresar tal y como han cambiado las cosas, pero que me enseñó más que muchos otros sin haber puesto un pie allí.

En este viaje me rompí el tobillo, cambié de rumbo, reorienté mis pasos.

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