Thai Massage en Chiang Mai

Desde que hice mi primera formación en quiromasaje en 2005, nunca dejé de estudiar. Cada estilo que conocía, cada práctica, me generaba una curiosidad nueva. Concebía —y sigo haciéndolo— cada conocimiento como una perspectiva nueva para entender cómo funciona el cuerpo: qué lo enferma y qué es lo que lo mantiene sano.

Así, en 2010, e incorporándolo a un viaje de tres meses por Tailandia, me inscribí en una formación de Masaje Tradicional Tailandés en el Old Medicine Hospital School de Chiang Mai. Para mí, el valor de estudiar algo reside en la autenticidad del entorno, en aprender de profesores nativos y en recibir la información lo menos modificada posible.

La escuela estaba a unos 20 minutos en bici de mi alojamiento, así que cada mañana disfrutaba de ese paseo por la «ciudad-pueblo» que era entonces Chiang Mai. Las clases – como suele ser en este tipo de formaciones – eran intensas, con mucho material comprimido que apenas tienes tiempo de absorber mientras estás allí. Todo era nuevo, líneas energéticas, presiones y una secuencia que debías memorizar lo antes posible.

Después del examen y tras la entrega de diplomas, tuve serias dudas de si sería capaz de ofrecer ese tratamiento de forma segura y beneficiosa. Pero así fue. De vuelta en España, necesité dedicarle mucho tiempo: recortar, ordenar y entender, hasta lograr que todos los movimientos se convirtieran en un baile fluido, casi hipnótico, en el que después conseguiría perderme.

El Thai Massage no es un masaje común. No se utilizan aceites y el receptor debe estar consciente, preparado para seguir instrucciones y, sobre todo, para entregarse. No es fácil. Se crea una cercanía profunda entre terapeuta y cliente; las presiones con el propio peso y la respiración rítmica te conectan más que un masaje convencional donde la persona suele dormirse. Quizás por ese motivo —y por lo agotador que resulta ejecutarlo— he ido dejándolo de lado poco a poco.

Sin embargo, aunque ya no lo practique con la misma frecuencia, el Nuad Thai me enseñó que sanar al otro es también – y siempre necesaria – un ejercicio de presencia absoluta.

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