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Un hogar en Italia: Bolonia

Bolonia Oct. ’02 – Marzo ’03

La decisión de vivir en Bolonia nació como nacen las cosas que luego se vuelven inolvidables: sin plan, casi sin querer.

En mi primera temporada en Ibiza, casi un mes después de llegar, me quedé sin alojamiento y pasé varios días organizándome como pude, incluso durmiendo en el coche. Trabajaba en el puerto y una compañera me ofreció su plaza en la habitación que compartía con una chica argentina. Ella se marchaba a Italia con la intención de quedarse.

El tiempo que tardó en irse fue suficiente para que nos hiciéramos amigas. Y cuando terminó la temporada, no me lo pensé. Compré un billete y volé a Bolonia para reencontrarme con ella y buscar trabajo, por primera vez en el extranjero.

Nada más poner un pie en Italia algo se movió dentro de mí. Me enamoré del idioma antes de entenderlo, de los aromas, del color terroso de las fachadas, de la forma de vivir. Caminaba durante horas por calles adoquinadas, atravesando pórticos interminables donde todo me parecía estético: daba igual si eran libros, ropa, joyas o helados. Había arte en cada escaparate.

Compartía habitación con mi amiga. Ella trabajaba todo el día y, cuando regresaba por la noche, hablábamos hasta tarde en aquella habitación de paredes finas y calefacción excesiva.

Mis días estaban dedicados a buscar trabajo. Recorría tiendas, restaurantes, cafeterías. La Navidad se acercaba y estaba convencida de que en algún sitio necesitarían personal. El idioma era una barrera y no conseguía construir una frase completas cuando dejaba el currículum.

Las horas que quedaban las pasaba en la habitación viendo programas de televisión, leyendo cuentos infantiles y escuchando música, todo en italiano. Era mi manera de empezar a pertenecer.

A mis veinticinco años, en aquella ciudad, aprendí también lo que significaba ser extranjera; en cada círculo era “la española”. Mi amiga y yo ocupábamos ese lugar visible y ligeramente desplazado de quienes no pertenecen del todo. En el autobús algunas miradas se giraban mientras hablábamos. En las oficinas del «Comune» hacía cola durante horas para solicitar la tarjeta que me permitiera trabajar legalmente. Hace más de dos décadas, ser joven y emigrar dentro de Europa no era algo tan habitual. Para escribir a mis padres iba a un locutorio a usar un ordenador compartido; las llamadas las hacía desde cabinas en la calle, con tarjeta prepago numerada. Aquella experiencia, incluso siendo en un país cercano, me enseñó algo que se convirtió en certeza: que “casa” no es una frontera ni una bandera, sino el lugar que me sostiene, me da cobijo y alimento. Desde entonces, las etiquetas nacionales perdieron peso frente a una pertenencia más amplia y profunda.

Finalmente y después de casi un mes, me llamaron de un restaurante en pleno centro histórico, y ahí empezó algo importante: la experiencia de trabajar y comunicarme en un idioma que no era el mío me dio una sensación de capacidad y confianza que no había sentido antes. La vida comenzó a colocarse entre turnos, autobuses y desayunos descubriendo la ciudad.

A los pocos meses surgieron problemas en el piso y tuve que buscar habitación de nuevo. Volví a recorrer calles con anuncios escritos a mano, a ver camas en habitaciones, pisos y buhardillas en callejones escondidos que hacían todavía más fascinante la ciudad.

Después de varias paradas intermedias acabé viviendo muy cerca del restaurante, con tres chicas, varias de ellas estudiantes de Bellas Artes. Con ellas compartí el resto de mi tiempo en Italia: cenas improvisadas, conversaciones eternas en la cocina, confidencias, y aventuras que en ese momento lo fueron todo.

Me marché a finales de marzo, cuando el verano se acercaba y tuve ganas de mar y de la isla. Pero Bolonia ya se había quedado conmigo, para siempre. Allí dejé también a quien hoy sigue siendo una de mis amigas más inseparables, a la que intento visitar cada año, como quien vuelve a una raíz que quiere seguir alimentando.

Bolonia fue más que una ciudad. Fue el lugar donde entendí que podía empezar de cero y construir hogar en cualquier parte, como volvería a hacerlo tantas veces después.

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