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Vipassana: 12 días en silencio.

Siempre me ha pasado que, cuando algo me interesa de verdad, me sumerjo en ello por completo y sin medida. Con Vipassana ocurrió también eso.

Hasta entonces, mis experiencias con la meditación habían sido puntuales: cinco minutos aquí y allá, sentarme a respirar antes o después de una clase de yoga, algo casi anecdótico. Por eso, la idea de un retiro de doce días de meditación, completamente aislada y sin teléfono, despertó en mí una curiosidad inmediata.

El retiro tiene una estructura rígida y normas que, vistas desde fuera, pueden parecer extremas. Sin embargo, cuando las vives desde dentro, entiendes que son totalmente coherentes con el objetivo que se proponen.

Entré muy tranquila, ya que el Vipassana no se apoya en creencias religiosas; aunque tiene raíz budista, lo que se practica es simple y radical a la vez: observar sin reaccionar. No estaba entrando en una secta, estaba entrando en mí misma.

Durante el retiro se guarda el llamado «silencio noble». No se habla, no hay contacto visual ni físico con otros meditadores. Caminas la mayor parte del tiempo con la mirada hacia el suelo. No está permitida la música, la lectura, o la escritura; tampoco ejercicio físico. Todo está diseñado para reducir al mínimo los estímulos externos y sostener la atención hacia dentro.

Hombres y mujeres viven en pabellones separados. Duermes, comes y paseas siempre en el mismo espacio, y solo coincides con el otro grupo en la sala común de meditación, diáfana, llena de cojines perfectamente alineados. El silencio es casi físico. Se pide moverse lo menos posible y evitar cualquier ruido innecesario.

Las horas de meditación diaria suman once. Once horas sentada en un cojín en el suelo. El cuerpo empieza a doler pronto, ya desde el segundo día, pero tampoco está permitido tomar medicamentos, salvo que sean prescritos.
Las comidas son tres al día, vegetarianas y bastante completas, además puedes servirte cuanto quieras (al mediodía); la cena en cambio es muy ligera: fruta la primera vez que haces el retiro, agua con limón en las siguientes.

Todo eso es la estructura. El marco.
Lo verdaderamente intenso sucede dentro.

Durante esos diez días te pasa de todo por dentro. Absolutamente todo.

Yo entré con una decisión firme: no me iba a ir. “Pase lo que pase”, me dije el día antes. Y menos mal, porque cuando la mente se siente acorralada, despliega todo su arsenal para romperte y sacarte de ahí. Excusas, miedo, resistencia, dramatización. Todo aparece.

El primer susto me lo llevé en la primera sesión. Al escuchar los cánticos de Goenka en la grabación, pensé: «¿Pero dónde te has metido?». Sin embargo, con el paso de los días y la repetición, esa voz se vuelve familiar, incluso reconfortante.

Al final de cada jornada, escuchábamos una reflexión que ampliaba esa mirada, cada día más vacía de estructuras externas. Así, día tras día, hasta completar los doce.

Algunas personas intentan marcharse antes de terminar, puedes hacerlo, aunque siempre hay alguien que se sienta a escuchar qué está pasando. Porque, de una forma u otra, todos estamos enfrentándonos a nuestros propios monstruos.

No entraré en detalles sobre lo que se movió en mi interior para no condicionar a quien lea esto, pero sí diré que lo más desestabilizador fue la ausencia total de distracciones. Ese «tú-solo-contigo» es tan potente que llega a ser enloquecedor. Solo entonces te das cuenta del ruido constante en el que vivimos y de cómo la hiperestimulación nos desconecta de nosotros mismos.

En ese vacío forzado aparece algo muy puro: un «yo» desnudo que rara vez experimentamos en la vida cotidiana.

A día de hoy, puedo decir que ha sido la experiencia más brutal que he vivido. No es comparable con terapias, ceremonias ni regresiones; está en otro nivel. Al terminar, eres diferente: más lúcida, más consciente, más conectada.

Siempre que alguien me ha hablado de una búsqueda personal, he recomendado hacer un retiro de Vipassana. No cobran nada. Eres libre de donar lo que sientas o irte sin aportar. Sobre esa base funcionan centros en todo el mundo. Y cuando te vas, entiendes por qué: el agradecimiento es profundo.

Es una sacudida interna como ninguna otra que haya vivido. Yo la hice dos veces más: una como voluntaria, colaborando en la cocina, y otra de nuevo como meditadora.

Al terminar fui consciente de que, a veces, es necesario restringirnos casi de todo para comprender la abundancia de lo que ya tenemos. Pero, sobre todo, entendí que la verdadera libertad no es que dejen de pasarte cosas, sino aprender a observarlas sin reaccionar; algo que intento seguir practicando en el día a día.

Vipassana te enseña a salir de la película, a dejar de identificarte con el drama de la mente y a convertirte en espectador de tus propias sensaciones. Es, en esencia, dejar de pelear con lo que es para, sencillamente, conectar con el Ser.

Ahí, en esa observación pura y sin juicio, es donde realmente empieza todo.»

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