La rendición como aprendizaje. Yin Yoga

Mi encuentro con Yin Yoga podría considerarse un absoluto acto de serendipia. No sabía que lo necesitaba hasta que me encontró.
Yo venía de muchos años de práctica de Ashtanga: rigidez, precisión, control. Y, a un nivel más profundo, también de autoexigencia, frustración por no llegar y sensación constante de falta.
El yin yoga llegó para romper toda esa estructura, para enseñarme que había otra forma de abordar la práctica, desde el soltar, el abandono, la entrega.
Escuché hablar de Yin por primera vez durante mi formación de profesores de Hot Yoga en México, y me atrajo inmediatamente. Mi opuesto. No solo a nivel físico, sino también personal.
En aquellos años todavía estaba muy agarrada a una estructura exagerada de control, precisión y auto demanda que, al formar parte de mi personalidad, había integrado también en mi búsqueda espiritual.
Y eso es precisamente lo interesante de observarnos con transparencia:
la mayoría de veces aquello que más nos fortalece también termina limitándonos.
Mis aspectos más rígidos me habían ayudado a avanzar, sí, pero también empezaban a impedir un desarrollo más profundo. Necesitaba integrar sus opuestos.
El Yin Yoga es la práctica sin alineamiento perfecto. Eres tú en una entrega total a la postura, permitiendo que el cuerpo se abra a su tiempo, sin forzar, sin sostener, sin perseguir ninguna forma concreta. Solo tú y el peso de tu propio cuerpo.
Hay una linea que describimos muy bien durante la clase. A nivel físico es quedarte justo en ese punto donde la sensación es intensa, pero no tanto como para necesitar salir de la postura. A nivel mental es ignorar la cantinela de pensamientos – comparaciones, preferencias o resistencias – y simplemente QUEDARTE.
Para mí, Yin Yoga es rendición. Y toda rendición auténtica implica, inevitablemente, una reducción de la voz egótica.
Porque el ego no solo aparece en los grandes gestos. También vive en la necesidad de controlar lo que sentimos, de acelerar procesos, de rechazar aquello que incomoda o de querer que las cosas sean distintas a como son.
Yin te obliga a mirar justamente ahí. A permanecer cuando preferirías escapar. A dejar de negociar constantemente con la experiencia. A aceptar el momento presente sin maquillarlo ni corregirlo.
Y quizá esa sea una de las enseñanzas más profundas de la práctica: entender que la paz no aparece cuando todo encaja con nuestros deseos, sino cuando dejamos de tensarnos contra la realidad.
PRESENCIA
Según cuánto lleves integrando esta práctica a tu rutina puedes llegar a mantener posturas durante 7 minutos ¿imaginas eso? ¿te haces una idea de lo que le pasa a tu mente durante todo ese tiempo? Es práctica meditativa pura.
Fascinada por todos esos aspectos del Yin, busqué una formación de profesores donde poder profundizar más en la técnica, las posturas y sus beneficios. Y acabé inscribiéndome en una formación en Patnem, India, en 2019.
Allí realicé también la formación para profesores de 300h en Vinyasa Flow, porque quería seguir aprendiendo sobre anatomía, biomecánica aplicada al yoga y, por supuesto, filosofía.
La escuela en India estaba muy cerca de la playa. Las clases empezaban a las 6am, cuando te unías para hacer los primeros cánticos de mantras mientras amanecía.






Después los días eran muy parecidos, con horarios completos hasta las 21h, alternando entre clases prácticas, anatomía, filosofía, técnicas yóguicas de purificación, debates sobre algún tema, pranayama, meditaciones conjuntas, más cánticos, y comida vegetariana increíblemente buena preparada delante tuyo.
Admito que las formaciones de yoga, al igual que las “yoga holidays” me encantan.
A mi vuelta a España organicé, junto a mi prima Verónica y en su estudio de pilates, una clase de Yin que se llenó por completo. Fue muy especial la energía que se creó allí.

Una clase de Yin de puede estructurar de diferentes maneras, a mi me gusta abrir y cerrar con un ejercicio de pranayama, y organizar las posturas en medio enfocadas a lo que se quiere trabajar ese día ( fascia anterior, posterior o lateral) o quizás zona pélvica, tren superior, etc. Depende.
También adapto mucho la experiencia según las personas que tenga delante. Puedes utilizar soportes o trabajar sin ellos. A veces hablo durante las posturas, otras no. A veces hay música y otras silencio. Me gusta que cada práctica tenga algo vivo y personalizado.
Considero que el Yin Yoga es el complemento perfecto para cualquier actividad física y también para otros estilos de yoga.
Llega a tejidos profundos a los que solo se accede mediante tensión pasiva sostenida en el tiempo. Relaja y oxigena la musculatura, mejora la movilidad articular y aumenta la flexibilidad al liberar tensión en ligamentos, tendones y fascia.
Pero, más allá de lo físico, Yin entrena algo que pocas veces practicamos fuera de la esterilla: la capacidad de permanecer.
Permanecer en el cuerpo.
Permanecer en el silencio.
Permanecer en uno mismo.
Y quizá por eso tantas personas llegan a esta práctica en momentos de cambio, agotamiento o búsqueda interior.
Porque a veces no necesitamos hacer más. Necesitamos aprender a hacerlo de otra manera.
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