El espejismo de la mirada ajena

Hay algo que considero realmente valioso en el pasar del tiempo y es esa capacidad para empezar a reconocernos a nosotros mismos sin filtro.
No estoy segura de si es algo que viene de la mano de los años o si es una habilidad que se desarrolla con interés, constancia y, finalmente, con la valentía de mirar hacia dentro.
Cuando echo la vista atrás, no puedo negar que hay rasgos comunes con la mujer que fui. Pero, siendo honesta, son los menos. Este Ser que me habita últimamente se renueva a una velocidad que incluso me incomoda, especialmente ante antiguos lazos.
¿Te suena esto? ¿Lo has sentido?
Me ocurre que, desde hace bastante tiempo me violenta escuchar eso de “yo te conozco”. Como si, por algún tipo de lealtad oculta, debiese actuar siempre de la manera esperada por el otro. Como si no fuese libre de elegir Ser quien soy en cada momento.
Y no hay nada más limitante que eso.
A veces siento que esa necesidad del otro por ‘etiquetarnos’ no es más que un mecanismo de su propia seguridad mental. Proyectan en nosotros rasgos que esperan ver, o nos encasillan en su forma limitada de entender el mundo para no sentirse perdidos. Pero ahí radica el error: nuestra esencia es original y única, y no ha nacido para cumplir las expectativas de nadie. Desilusionar al otro, en este sentido, es en realidad un acto de liberación para ambos.
Quizás, al caminar por senderos desconocidos, he sido capaz de dar espacio y libertad a los muchos aspectos que me forman. Quizás las experiencias me han traído el entendimiento de que todas nuestras partes son bienvenidas en esta personalidad multicolor que nos habita.
La belleza de nuestra unicidad no tiene paragón. No necesitamos ser diferentes de como somos ahora, ni en los instantes que vendrán.
Pretender encajar en los ojos del otro no es solo un desgaste; es una traición a nuestra propia esencia. Sostener esa máscara a largo plazo nos relega a un lugar que no nos corresponde, un lugar donde no podemos brillar.
Nuestro único compromiso real es mostrarnos desde la fuerza que nos forma, dándole espacio y compartiéndola con amor y generosidad. Porque solo así atraeremos a otros desde ese mismo lugar: sin juicio, con total apertura, como quien llega, por fin, a donde realmente pertenece.
Antes de irme, te lanzo esta pregunta:
¿Hay alguna parte de ti que has estado escondiendo últimamente por miedo a no encajar en la mirada de los demás, y qué pasaría si hoy le dieras permiso para salir a respirar?
Artículos Relacionados
Si tienes ganas de seguir explorando textos personales, aquí encuentras sobre viajes y yoga.
